
17 de mayo: conmemorar no basta, es tiempo de exigir igualdad plena
mayo 17, 2026América Villegas Rodríguez
Profesora e investigadora de la Universidad Nacional Experimental de las Artes, doula, educadora menstrual y activista por los derechos sexuales y reproductivos.
Menstruar en Venezuela implica mucho más que atravesar un proceso biológico mensual. Significa habitar un cuerpo atravesado por desigualdades estructurales, precariedad material, silencios culturales y profundas brechas en el acceso a derechos básicos. En un contexto marcado por la crisis de los servicios públicos, las dificultades económicas y la ausencia de políticas integrales de salud menstrual, la experiencia de menstruar se convierte también en una experiencia política.
Desde los feminismos comunitarios y decoloniales de Nuestra América, el cuerpo es entendido como el primer territorio. No se trata de una metáfora, sino de una forma de comprender cómo las violencias sociales, económicas y ambientales impactan directamente sobre los cuerpos y sus posibilidades de bienestar. Lo que ocurre con el acceso al agua, la alimentación, la salud o la educación también atraviesa la experiencia menstrual.
Este texto parte de los resultados de la encuesta Menstruar en Venezuela (2026), aplicada a más de 120 mujeres y personas menstruantes de distintas regiones del país. A partir de una mirada situada, feminista e interseccional, los datos permiten identificar cómo la menstruación se relaciona con problemas estructurales como la pobreza, la precarización de los cuidados, el tabú y las limitaciones del sistema sanitario.
Agua, precariedad y violencia menstrual
Uno de los hallazgos más significativos de la encuesta es la relación entre el acceso irregular al agua y la imposibilidad de vivir una gestión menstrual digna. Más de la mitad de las personas consultadas reportó tener suministro de agua limitado o intermitente, mientras que una proporción importante afirmó que esta situación afecta frecuentemente su higiene durante el periodo menstrual. Muchas participantes describieron dinámicas cotidianas de carga de agua, almacenamiento improvisado y restricciones para bañarse o lavar productos reutilizables.
Los testimonios muestran cómo el racionamiento transforma la menstruación en una experiencia de agotamiento físico y estrés permanente. Una participante relató: “Debo cargar tobos de agua mientras sangro, eso también me genera dolores”. Otra señaló: “Es muy complejo usar productos como la copa y sobre todo las toallas de tela sin agua”.
La falta de agua potable no puede comprenderse únicamente como un problema de infraestructura. También constituye una vulneración de derechos humanos fundamentales, particularmente del derecho al agua, al saneamiento y a la salud integral. En este contexto, hablar de salud menstrual implica necesariamente hablar de condiciones materiales de vida, desigualdad territorial y justicia social.
La pobreza menstrual en un contexto de crisis económica
La encuesta también evidencia cómo la crisis económica impacta directamente en el acceso a productos de gestión menstrual. Varias personas encuestadas señalaron haber cambiado a marcas más económicas, mientras otras reportaron dificultades para costear productos o conseguirlos de manera regular.
Aunque el concepto de “pobreza menstrual” ha permitido visibilizar estas desigualdades, resulta insuficiente si se desvincula de sus causas estructurales. La feminización de la pobreza, la precarización laboral, las desigualdades salariales y la sobrecarga histórica de las tareas de cuidado afectan de forma diferenciada a mujeres y personas menstruantes.
En Venezuela, la ausencia de políticas públicas sostenidas orientadas a garantizar productos menstruales accesibles profundiza esta situación. Menstruar continúa siendo una responsabilidad individual y privada, asumida casi siempre desde el silencio y la adaptación cotidiana.
Al mismo tiempo, es importante cuestionar los discursos que reducen la experiencia menstrual exclusivamente a la “higiene”. La menstruación no es sucia. Lo indigno no es sangrar, sino tener que hacerlo en condiciones de precariedad, sin agua suficiente, sin baños adecuados o sin acceso a productos seguros.
El tabú y la ausencia de educación menstrual integral
Otro de los aspectos más relevantes de la encuesta tiene que ver con los procesos de aprendizaje alrededor de la menstruación. Muchas participantes señalaron haber aprendido solas a gestionar su ciclo, mientras otras describieron su primera menstruación como una experiencia atravesada por el silencio, la vergüenza o la falta de información.
Estos datos evidencian la persistencia del tabú menstrual como mecanismo de control cultural y social. La ausencia de educación sexual integral, sumada a discursos familiares marcados por el miedo o el ocultamiento, produce experiencias menstruales asociadas a la culpa, la desinformación y la ansiedad.
Sin embargo, la encuesta también revela procesos de transformación importantes. Una parte significativa de las personas que hoy acompañan a niñas y adolescentes afirmó haber conversado sobre menstruación de manera abierta y natural antes de la menarquia. Este cambio generacional resulta fundamental, porque permite construir otras narrativas sobre el cuerpo y el ciclo menstrual desde el cuidado, la información y la autonomía.
Hablar de menstruación de forma abierta no constituye únicamente una práctica educativa; también es una acción política que desafía siglos de silenciamiento sobre los cuerpos menstruantes.
Medicalización, dolor y falta de escucha
La investigación también muestra limitaciones importantes en la atención ginecológica relacionada con la menstruación. Muchas participantes afirmaron no haber acudido a consulta por información sobre su ciclo, mientras otras señalaron que, frente al dolor menstrual intenso, las respuestas médicas más frecuentes fueron frases como “es normal” o la prescripción inmediata de analgésicos y anticonceptivos sin mayores explicaciones.
Diversos testimonios reflejan experiencias de minimización del dolor, falta de acompañamiento emocional y ausencia de abordajes integrales. En varios casos, diagnósticos como endometriosis, síndrome de ovario poliquístico o miomatosis fueron comunicados sin suficiente orientación sobre tratamientos, alternativas o seguimiento.
Desde una perspectiva crítica y feminista de la salud, estos hallazgos permiten cuestionar modelos biomédicos que fragmentan el cuerpo y reducen la menstruación a un fenómeno exclusivamente hormonal o farmacológico. La salud menstrual no puede desligarse de factores emocionales, económicos, sociales y territoriales.
Esto implica pensar en una atención ginecológica más humana, situada e interdisciplinaria, capaz de escuchar las experiencias de las pacientes y comprender las condiciones concretas en las que viven sus ciclos.
Hacia una justicia menstrual en Venezuela
Los resultados de la encuesta no deben leerse únicamente como indicadores de precariedad, sino también como una oportunidad para impulsar transformaciones sociales, educativas y políticas en torno a la menstruación.
Hablar de justicia menstrual implica reconocer que el acceso a productos, agua potable, baños seguros, información y atención médica adecuada forma parte de los derechos humanos. También supone entender que las experiencias menstruales están atravesadas por desigualdades de clase, territorio, edad y acceso a servicios básicos.
En este sentido, avanzar hacia una pedagogía menstrual feminista y decolonial requiere al menos cuatro acciones fundamentales:
- Reconocer la menstruación como una experiencia corporal legítima y no como un problema vergonzante o patológico.
- Incorporar educación sexual integral con perspectiva de género y salud menstrual en todos los niveles educativos.
- Garantizar políticas públicas orientadas al acceso digno a productos menstruales, agua potable y saneamiento.
- Fortalecer redes comunitarias, espacios de acompañamiento y activismos menstruales que sostienen procesos de educación y cuidado colectivo.
La encuesta Menstruar en Venezuela permitió escuchar experiencias que durante mucho tiempo permanecieron invisibilizadas. Escucharlas implica también asumir una responsabilidad ética y política: construir condiciones para que menstruar no sea sinónimo de precariedad, silencio o dolor normalizado.
Porque menstruar con dignidad también es un derecho.




