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Las luchas que enfrentan las juventudes en el ejercicio de su salud sexual y reproductiva
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La relación que ha tenido el feminismo (o las distintas corrientes feministas para ser más precisa) con el movimiento LGBTIQ+ es de vieja data, tanto así que podemos rastrearla incluso a principios del siglo XX. Es verdad que las feministas y sus antecesoras no siempre han estado alineadas con las agendas LGBTIQ+ pero también es verdad que el movimiento LGBTIQ+ no fue el primero ni el único en ser representante de movimientos sociales a favor de la homosexualidad como orientación sexual válida. Con esto último a lo que me refiero es que lo que entendemos actualmente como movimiento LGBTIQ+ tuvo predecesores que incluso difieren en términos de objetivos. Sobre esto hablaremos hoy, así como las tensiones que ha habido en diferentes momentos entre los movimientos feministas y los movimientos por los derechos homosexuales y lésbicos.
Las sufragistas, sus roces con otros grupos sociales y los matrimonios bostonianos
El movimiento sufragista fue un grupo de mujeres muy valientes y comprometidas que compartían el objetivo principal de alcanzar el voto femenino. De acuerdo con el manifiesto de Seneca Falls (texto construido por las sufragistas estadounidenses) sus objetivos eran los de lograr que las mujeres tuvieran participación en la vida pública, entendiendo el derecho al voto como uno de estos objetivos, pero también lucharon por la restitución de las mujeres como propietarias, anular la sujeción legal que las convertía en «propiedad del marido» y tener acceso a una educación de calidad.
Fueron mujeres increíbles que pasaron del activismo más sencillo hasta acciones violentas y actos públicos de agresión. Fueron un grupo más o menos heterogéneo en el sentido de que era multiclasista pero sí es cierto que excluyeron a mujeres negras (posteriormente hubo un grupo sufragista constituido por mujeres negras exclusivamente) y también excluyeron a mujeres identificadas como sáficas (matrimonios bostonianos y mujeres independientes económicamente) argumentando que les daba «mala imagen» al movimiento que en ese momento necesitaba que la opinión pública las considerara un «grupo respetable» y para ese entonces (principios del siglo XX) la homosexualidad era mal vista. Esto último fue debido al ascenso de la sexología y el psicoanálisis en medios académicos y científicos como reguladores de la conducta social, ambas disciplinas se dedicaron a patologizar el lesbianismo que en el siglo XIX había gozado de una especie de beneplácito de parte de la sociedad que consideraba inofensiva las conductas de amor profundo entre mujeres llamadas «amistades románticas» y los posteriormente llamados «matrimonios bostonianos», como bien indica Lillian Faderman en su libro Surpassing the Love of Men.
La amenaza lavanda (Lavander Menance)
Los años setenta fueron la síntesis de tensiones que se venían acumulando desde las dos décadas previas. Estas tensiones explotaron en forma de movimientos por los derechos civiles, dándoles forma a los grupos que hoy conocemos como movimiento antiracista, movimientos feministas y movimiento LGBTQI, entre otros. Y aunque ahorita podemos verlos como aliados naturales es cierto que desde sus inicios hubo tensiones entre los distintos grupos, especialmente en lo relacionado a las agendas de lucha y sus objetivos. Dentro del movimiento feminista se fraccionaron las radicales y las liberales, estas segundas siendo las que marcaron la pauta de muchas de las luchas hasta el tiempo presente. Las radicales, por su lado, fueron consideradas «no gratas» porque dentro de su discurso se proponía la problematización de la heterosexualidad, no como orientación sexual sino como régimen político (como propone Adrienne Rich en La heterosexualidad obligatoria) por eso muchas veces tampoco estaban de acuerdo con sumar a los integrantes (principalmente varones) del movimiento LGBT y eran críticas con el movimiento trans. En este sentido las radicales proponían, entre muchas otras cosas, el separatismo como estrategia y el lesbianismo político como forma de contrarrestar la heterosexualidad obligatoria. Estos discursos y propuestas fueron considerados «demasiado» a lo interno del movimiento y Betty Freidan, que era de las voces líderes del movimiento feminista liberal en los setenta las bautizó como «amenaza lavanda» desterrándolas del Congreso de Unidad de Mujeres celebrado en Nueva York en 1970.
Considero importante matizar que si bien algunas de las propuestas de las radicales podían ser polémicas o debatibles también fueron de las que más entendieron el significado de «lo personal es político» y buscaban llegar a la raíz de la opresión que para ellas era en gran parte la heterosexualidad que trabajaba en conjunto con el capitalismo. Para las liberales ni la heterosexualidad ni el capitalismo era necesariamente el problema, tenían un enfoque más reformista, así como la facción del movimiento LGBT que terminó teniendo más visibilidad con propuestas más concretas como el matrimonio igualitario, la igualdad de derechos y el «born this way«. El discurso del «born this way» no era abrazado por otros defensores del movimiento por los derechos homosexuales ya que no lo consideraban necesariamente verdadero, la orientación por aquella época era eso, una orientación, no algo necesariamente de nacimiento, y era parte de las discusiones en los grupos paralelos al movimiento feminista liberal y LGBT como el Frente de liberación gay (Gay Liberación Front GLF por sus siglas en inglés) creado poco después de los disturbios de Stonewall y que compartía agenda con las feministas radicales en su objetivo por destruir el sistema capitalista, en vez de adaptarse o ser aceptado por él. Comenta Sheyla Jeffreys en su libro la herejía lesbiana que a final de los ochenta los integrantes de grupos feministas radicales o del FLG fueron llevados al ostracismo académico y militante, les cerraron espacios y los orillaron prácticamente al silencio ya que las agendas feministas y LGBT habían sido establecidas por los grupos que hasta hoy lideran estas luchas en su mayoría en occidente. Discusiones acerca de la industria pornográfica, la prostitución, el mundo del BDSM, la poligamia y muchos otros análisis críticos liderados por las radicales y el frente fueron diluyéndose en la ola de aceptación y neoliberalismo que se apoderó de las siguientes dos décadas.
A modo de conclusión
Los movimientos sociales han atravesado cambios y transformaciones necesarias para ajustarse a su realidad histórica, del mismo modo los derechos mutan en la medida que avanzan las sociedades. Los debates, las discrepancias y los desacuerdos son elementos necesarios para el avance, no solo de las sociedades sino de las teorías y el pensamiento crítico en general. También son una señal positiva a lo interno de los movimientos sociales, los grupos políticos deben tener diferencias entre ellos, para mantener la salud y la integridad intelectual y ética, los espacios en dónde la disidencia es castigada son las sectas, espacios en dónde la lógica, el sentido común y el pensamiento crítico no tiene cabida.
En este sentido resulta importante entender que si bien todos los grupos tenían elementos que hoy podrían considerarse polémicos también fueron terreno fértil que abonó a los diferentes derechos de los que hoy gozamos y fueron parte de las teorías que hoy utilizamos como herramientas para analizar la realidad. Con sus luces y sus sombras todos los movimientos sociales deben procurar su independencia de pensamiento, pero también sus acuerdos, y en este punto hemos estado también, no todo ha sido enfrentamientos, la historia del feminismo latinoamericano y cómo, las argentinas, por ejemplo, se unieron diferentes corrientes feministas y distintos grupos sociales con la finalidad de lograr la despenalización del aborto. O lo que estamos viviendo con la interseccionalidad como teoría, el feminismo interseccional ha sido especialmente transformador al visibilizar que no todas las personas LGBTIQ+ viven la discriminación de la misma forma, y la experiencia situada siempre es importante para matizar las experiencias.
Desde la crítica de Kimberlé Crenshaw (1989), se puso en evidencia cómo factores como la raza, la clase, el origen migrante o la corporalidad determinan el acceso a derechos y el nivel de violencia que enfrentan muchas personas dentro del colectivo. Esto ha permitido que el Orgullo deje de ser solo una “bandera blanca de arcoíris” para volverse un reclamo más completo y complejo, que incluye a mujeres lesbianas racializadas, personas trans empobrecidas, migrantes queer y muchas otras identidades que históricamente han sido ignoradas incluso dentro de las propias luchas LGBTIQ+.
Y aunque las nuevas luchas han traído también nuevas contradicciones, en este momento la propuesta es a dirimir diferencias y limar asperezas, especialmente en estos momentos en dónde corrientes de anti derechos parecen avanzar para borrar la diversidad sexual, racial y de género, así como todos los derechos conseguidos hasta ahora.
(*) Licenciada en Letras, maestrante en la maestría de estudios de la mujer, militante lesbofeminista. Profesora de historia feminista.




