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noviembre 11, 2025En el Día Internacional de los Cuidados y el Apoyo, es momento de mirar de frente una verdad incómoda: la economía global se sostiene sobre una red invisible de cuidados no remunerados, mayoritariamente realizados por mujeres. Sin este trabajo -atender a niñas y niños, personas mayores, personas con discapacidad, gestionar el hogar- la vida cotidiana y el funcionamiento mismo del sistema económico colapsaría.
Y es que las labores de cuidado sostienen la vida cotidiana y la economía misma. Aunque muchas veces invisibilizadas, estas actividades permiten que otras personas puedan trabajar, estudiar y participar en la vida pública; sin embargo, nuestro sistema se ha empeñado en ignorarlo, en tratarlo como una externalidad, como un recurso infinito y gratuito que corre, mayoritariamente, por cuenta de las mujeres y haciendo que su costo recaiga de forma desproporcionada sobre las mujeres.
A escala global, las últimas estimaciones muestran además que los cuidados no remunerados son un factor central que limita la inserción laboral femenina y la igualdad económica.
Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), se estima que 708 millones de mujeres en edad laboral están fuera del mercado de trabajo formal debido a las responsabilidades de cuidado no remuneradas. Esta cifra no es solo un dato: son millones de proyectos de vida interrumpidos, talentos desaprovechados y autonomía económica negada.
El precio de lo invisible: cuando el cuidado se convierte en una baldosa
La desigual distribución del cuidado no es solo “injusta”, sino que además tiene consecuencias económicas tangibles y devastadoras para las mujeres:
- Menor participación laboral: Reducen horas de trabajo remunerado o lo abandonan temporal o permanentemente.
- Precariedad laboral: Se ven forzadas a aceptar empleos informales, a tiempo parcial o flexibles, pero mal pagados.
- Brecha de ingresos y pensiones: A menos años cotizados y salarios más bajos, se suma una vejez en mayor riesgo de pobreza.
Pero la pérdida no es solo individual. La economía global en su conjunto sale perdiendo. Estudios del Banco Mundial y otras instituciones citan que, si el trabajo de cuidados no remunerado se valorara y formalizara, podría representar hasta el 9% del PIB mundial. Es decir, estamos construyendo nuestro crecimiento económico sobre una base que no contabilizamos y no remuneramos. ¿Es eso sostenible? Claramente, no.
¿Por qué el cuidado tiene nombre de mujer? El peso de los mandatos
La respuesta no está en la biología, sino en la construcción social. ONU Mujeres ha sido clara en señalar que las normas sociales de género y la falta de servicios públicos de calidad son los pilares que sostienen esta división sexual del trabajo.
Globalmente, las mujeres dedican en promedio más del triple de tiempo al trabajo de cuidados no remunerado que los hombres. Este patrón no es “natural”; es el resultado de un sistema que ha asignado históricamente el rol de cuidadoras a las mujeres, limitando su potencial en la esfera pública y sobrecargándolas en la privada.
Este patrón explica por qué muchas reducen horas de trabajo remunerado, aceptan empleos informales o abandonan su trayectoria profesional, con consecuencias económicas que se prolongan toda la vida.
Para revertir esta dinámica es necesario avanzar en dos frentes:
1. Políticas Públicas: Inversión, no gasto.
Invertir en cuidados es una de las estrategias más inteligentes para el crecimiento inclusivo. Las propuestas concretas incluyen:
- Sistemas públicos y universales de cuidado: Guarderías de calidad, centros de día para personas mayores y con discapacidad, accesibles y financiados por el Estado.
- Licencias parentales equitativas, intransferibles y remuneradas: Para que los hombres también se corresponsabilicen desde el inicio.
- Formalización del trabajo de cuidado remunerado: Quienes se dedican profesionalmente al cuidado (empleadas del hogar, cuidadoras) deben tener salarios dignos y protección social.
- Jornadas laborales flexibles que permitan la conciliación real.
2. Transformación Cultural: La revolución en los hogares.
Las políticas públicas deben ir acompañadas de un cambio profundo en nuestra manera de pensar y vivir:
- Redistribución doméstica: Promover que todos los géneros asuman responsabilidades de cuidado y tareas del hogar.
- Educación no sexista: Romper desde la infancia los estereotipos que asocian el cuidado con lo femenino.
- Incentivos para la corresponsabilidad: Como los permisos parentales exclusivos e intransferibles para los padres, que han demostrado fomentar su involucramiento.
Al final, la economía del cuidado es mucho más que una cuestión de números. Es una apuesta por la justicia social y el bienestar colectivo. Como bien señala la economista Feminista Nancy Folbre, “el cuidado es un recurso público que sustenta el bienestar humano y la productividad económica”.
Un sistema integral de cuidados, construido con la voz de quienes cuidan -mujeres, familias, trabajadoras remuneradas-, no es solo una medida para la igualdad de género. Es la base para sociedades más resilientes, con mayor empleo de calidad y bienestar para todas las personas.
Invertir en cuidados es, en definitiva, reconocer por fin que no hay economía que se sostenga sin poner la vida en el centro.
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Fuentes bibliográficas citadas:
- Organización Internacional del Trabajo (OIT). (2022). El trabajo de cuidado y los trabajos del cuidado para un futuro con más trabajo decente.
- ONU Mujeres. (2018-2023). Informe «El progreso de las mujeres en el mundo».
- Banco Mundial. (2022). Informes sobre Género y Desarrollo.
- CEPAL. (2022). La sociedad del cuidado: horizonte para una recuperación sostenible con igualdad de género.
- Foro Económico Mundial. (2023). Global Gender Gap Report.
- Folbre, N. (2001). The Invisible Heart: Economics and Family Values.




