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Salud mental y derechos sexuales: entre violencias y resistencias
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En muchos espacios he escuchado frases como: “el pueblo no está preparado para ese tema”, “no es momento para ese debate”, “hay que tener cuidado” o “hay otras prioridades”. Todas ellas terminan relegando a un segundo o tercer plano la implementación real de los derechos sexuales y reproductivos, en particular el derecho a interrumpir un embarazo no deseado, ya sea por razones terapéuticas o personales.
Confieso que estos comentarios me indignan. Porque si hay algo en lo que el feminismo -en cualquiera de sus vertientes- cree profundamente, es en la construcción de la autonomía para la toma de decisiones. Y si las condiciones sociales, culturales o políticas “no están dadas”, lo verdaderamente revolucionario y feminista es crearlas: proveer la información y el conocimiento necesarios para que las mujeres puedan decidir libremente.
Estas expresiones, además, son profundamente retrógradas, coloniales y clasistas. ¿Por qué? Porque las mujeres con más recursos sí tienen acceso a la información y a los medios para tomar decisiones sobre sus cuerpos y sus proyectos de vida, sin importar lo que digan las leyes arcaicas. Quienes quedan excluidas son siempre las mismas: las mujeres empobrecidas, silenciadas y cargadas con el peso de los prejuicios.
En mi experiencia, hablar de derechos sexuales y reproductivos, incluido el aborto terapéutico o por razones personales, no es tan complicado como lo pintan: se trata de ir a las comunidades, hablar claro, desmitificar los términos y abrir espacios de confianza. He participado en encuentros con mujeres comunitarias, lideresas y vecinas donde conversamos sobre derechos humanos y, al hacerlo, inevitablemente aparecen historias. Historias que han marcado no solo la vida de cada mujer, sino también la de sus familias.
Allí hemos comprobado que muchas ya han pasado por la experiencia de interrumpir un embarazo, propio o cercano, aun con la certeza de que fue la decisión correcta porque salvó la vida de alguien querido. Sin embargo, cargan con vergüenza, como si fuera una excepción inaceptable, sin poder reconocer públicamente la validez de esa elección para ellas mismas y para las demás. Descubrimos juntas que no son experiencias aisladas, sino compartidas por muchas.
En estos espacios también surgen los argumentos religiosos que apuestan a la ignorancia y al miedo. Frente a ello, nosotras planteamos con firmeza que la autonomía de las mujeres implica respeto a cualquier decisión: tanto de quienes no desean abortar, por lo cual luchamos por parto humanizado, respeto laboral y a la lactancia, como de quienes sí lo necesitan, por lo cual exigimos condiciones seguras, sin criminalización ni estigmatización. Y para todas, trabajamos por educación sexual para decidir y anticoncepción para prevenir.
Nuestras exigencias son claras: el reconocimiento pleno de las mujeres como ciudadanas capaces de decidir sobre sus vidas y cuerpos; y la construcción de una sociedad tolerante, donde diferentes credos o visiones de mundo no se utilicen como excusa para poner en riesgo la libertad, la salud o la vida de nadie.
Y lo más esperanzador es que este trabajo comunitario transforma. Cuando una mujer trae a su amiga, o una madre acerca a su hija para sumarse a la conversación, sentimos la certeza de que estamos moviendo algo, construyendo condiciones reales para debatir y decidir sobre un tema históricamente manipulado y silenciado como el aborto. Paso a paso, vamos sembrando autonomía y cambiando un pedacito del mundo.
Alejandra Laprea. Militante Feminista, Integrante de MMM-Vzla. Artivista, Impulsora de la despenalización del Aborto en Venezuela y Articulista de la Araña Feminista.
IG: @WorldMarchOfWomen
FB: Marcha Mundial de las Mujeres – Américas
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